Cuando uno no tiene inspiración no puede escribir sobre lo que desconoce, esa facilidad se reserva para los momentos en los que uno siente que el teclado es la extensión de la idea, de la imagen que dispara un texto, de la anécdota graciosa que bien contada y estratégicamente diagramada, se deja leer por casi cualquiera.
Ganarle a la hoja en blanco sin llenarla de estupideces pretenciosas descarta mucho texto sin terminar, “tenés que volver a las bases” me dijeron, y si las bases son el asiento de un texto, si la base es alguien que pone los fundamentos de una transformación, no puedo dejar de hablar de mi tío Marcelo.
Marcelo es mi único tío, único porque mi viejo no tiene hermanos, y porque mi vieja tiene dos, pero Marcelo abarca todos los significados de “único”. Un tipo demasiado disfuncional para la adultez, que sabe desempeñarse como héroe entre los admiradores más pequeños.
Se crió en la Paternal, y cuenta los partidos de fútbol que se armaban en la vereda de Carranza como batallas épicas en las que figuras mitológicas como “El canario Roldán”, “Chiquito Giménez” y un tal “Pelusa” batallaban cuerpo a cuerpo contra las huestes que habitaban al otro lado del puente de la avenida San Martín.
Es una de las pocas personas con la capacidad de contar su más glorioso éxito con amargura en la voz, la ocasión en que se fue a probar al club Argentinos Juniors, y de un grupo de treinta enanos con botines, sólo quedaron seleccionados Pelusa y él. Más tarde me enteraría que Pelusa es Diego Maradona, y que él no pudo continuar en las inferiores del bicho porque la madre no podía comprarle las canilleras. “No me las quiso comprar por miedo a que me rompa una pierna”, cuenta lamentándose.
Traté de entender porqué mi abuela no le había comprado el equipo, pero me fue imposible reparar en ese detalle ante el encandilamiento de saber que en ese potrero que describía el cuartetero Rodrigo había estado mi tío, nada más y nada menos que con la definición personificada de la palabra “ídolo”.
Rey de los comentarios graciosos, Marcelo tiene la facilidad de exclamar lo que todos tenemos en la punta de la lengua. Por alguna razón mi vieja siempre le tuvo miedo, calculo que ese miedo que los adultos tienen, cuando no pueden comprender del todo la vida de otro adulto y lo consideran irresponsable. Mi abuela dice que está enfermo, y tal vez tenga un poco de razón, pero la imagen de héroe me nubla el sentido común, y me duele la descripción sintética.
No tuve oportunidad de desdibujar la figura de mi tío, mi recuerdo de su persona está estancado en la navidad del 99′, cuando me enseñó cómo prender correctamente un tres tiros y recomendó que se la pusiera a todas las que me cruzara sin discriminar. No pude desarraigar durante mi crecimiento su carácter de mentor, no pude porque no volví a verlo desde esa navidad, y porque el hecho de que desapareciera lo ascendió de héroe a mito, y cuando uno es un mito, los rumores y las historias contadas de un sólo lado de la campana no tienen el peso suficiente para borrar la anécdota de Pelusa, o la fuerza para desactivar la capacidad de patear un tiro libre al ángulo con las manos en los bolsillos.
Supe que se separó, que en arranques de ira fue desgastando la relación con los más cercanos, que le era imposible trabajar en relación de dependencia, porque eso implicaría relacionarse y depender, llegaron a decir que durmió en una estación de tren, con los cirujas, que se peleó a los puñetazos con los cirujas y que en cada vez salió airoso.
Hace ya más de diez años que no lo veo, y sólo me entero cada tanto de alguna de sus aventuras por boca de mi abuela, mi abuela la que suele contar las cosas como si fuese testigo ocular del fin del mundo, de la degradación del universo.
Pienso que si fuera más como mi tío nunca estaría sin inspiración, tendría muchas anécdotas que contar, comentarios graciosos que exclamar, y cuando creo que ya no tengo nada que decir llega un mail: “Marcelo M. quiere ser tu amigo en Facebook”.

Que ironía la de tu tío con respecto a mi historia de protreros… pensar que yo alguna vez fui de ese grupito de 30 enanos con botines que se fue a probar y por la faltaba magia y brillo para poder hacer el “baile de la gambeta” no quedó seleccionado para seguir en las inferiores de algún club.
Excelente la redacción, como siempre. Una muy linda historia, con un final que nos deja helados.
Que linda historia! Un placer leerlo como siempre estimado Lauchin!
Fantastico =D