La foto data de julio del 93′, mi memoria ubica el hecho mucho después, pero la foto es irrefutable con la marca de la fecha impresa por la minolta semiautomática que papá Roberto trajo en uno de sus viajes.
La imagen es clara, un nene medio gordito, con la camiseta suplente de Argentina, la azul oscura que tiene rombos negros sobre la derecha, había elegido la suplente porque ya a los 6 años tenía gustos propios. Chueco, pero no de esos que parecen haber bajado de un pony en el que anduvieron toda su vida. Chueco al revés, como si las piernas fueran dos paréntesis que se ubicaron en el orden incorrecto. El nene de la foto soy yo, aunque me duela reconocerme.
“Hoy empezás fútbol” dijo Roberto: yo a los 6 años tenía devoción por Mc Gyver y lo único que me importaba en la vida era desatornillar cosas. No me negué, hice algún que otro berrinche, pero accedí bastante fácil; Roberto nunca me pedía cosas, Roberto casi nunca estaba en casa, Roberto “volaba aviones”, y “traía regalos”.
Por esa época me avergonzaba mi nombre, y me fastidiaba el tener que corregir el “Lautaro” que la mayoría entendía, así que lisa y llanamente opté por decirles a todos en la clase de fútbol que me llamaba Gastón.
“Gastón jugá abajo”, “tocala Gastón”, “picá Gasti”, nunca me hice cargo. No es que no me hice cargo por no sentirme identificado con el nombre, sino porque era malísimo jugando al fútbol. Jugar abajo era, para mí lo mismo que no jugar. Veía pasar a los delanteros contrarios esperando que por algún misterio de la física la pelota me llegara a mi, o mejor aún, le llegara a un compañero así no me equivocaba al pasársela.
Meses pasaron sin que entendiera el juego, pensaba que toda mi tarea era pararme cerca del área (la mía, la que tenía que defender) y circunstancialmente evitar con mi cuerpo algún que otro pelotazo al arco amigo.
Como todo en mi vida, lo hice con pibes más grandes, simplemente porque en mi categoría éramos tres. El Fede Santarín, gran habilidoso con el esférico, “El Colo” Frías, un arquero de grandes reflejos, y yo ,”Gastón”.
A los 6, capo era el que sabía chiflar, el que meaba más lejos, el que corría rápido, pero el galardón de capo en capos se reservaba para el que cumplía con todo lo anterior y encima jugaba bien a la pelota (hablo de mis 6, no tengo idea de en que andan los gurrumines ahora).
Juan Manuel Colombres era ese tipo. Alto, con el pelo medio larguito raya al medio, líder nato en la cancha, el único al que nadie le pedía un poco de su Cepita al final de la clase, el único al que la mamá no le recomendaba “no sacarse la remera de abajo” para “no tomar frío después de transpirar”.
Como en este y todos los deportes, tarde o temprano se termina compitiendo, y así fué como me enrolé en este, el equipo “Los Escorpiones de Villa Urquiza” para el campeonato interbarrial. Más que nervios tenía pánico, pánico de que perdiéramos y me echaran la culpa a mi.
La primer fecha la jugábamos con el combinado de un colegio de Belgrano, no se como se llamaba el equipo, pero metían miedo, no por su estatura, por su porte físico, ni siquiera por su indumentaria. Eran cancheros. La soberbia a los 6 años es un arma letal. Ese aire de seguridad, de saber que en casa tenés cable, que en la alacena tenés siempre golosinas, que nunca te va a costar bocha de mandados llenar el álbum de figuritas “Basuritas”, amedrenta a cualquier nene que se afana los vueltos para mantener sus vicios autoadhesivos.
El partido estaba 5 a 5, y no se si faltaba mucho o poco para que termine, me gusta más pensar que faltaba poco porque así es más emotiva la anécdota. Ellos jugaban bien, en equipo. Nosotros habíamos logrado los 5 tantos por jugadas individuales de Juan Manuel. Córner, “andá a buscarla al área Gastón” me grita el profe.
Era todo o nada, todo se resolvía en ese tiro de esquina a ejecutarse por mi ídolo personal, el pibe que no usaba otra remera abajo de la camiseta. Yo me paré a 10 centímetros de la línea de gol; en el fútbol temprano, el de las canilleras marca “Procer” no hay offside. La pelota hizo una parábola perfecta, el centro era pasado. Cerré los ojos y sentí un impacto en la ingle, la pelota se había desviado y había sido gol, que gol, golazo. Cuando corrí hacia mi área de vuelta, gritando desesperadamente, sentí una lágrima que no me salió del ojo, me salió del pecho y viajó hasta mi mejilla. Papá Roberto estaba mirando.
“Hiciste un gol con el pito” me dijo Juan Manuel Colombres, mi ídolo de todo el mundo, mientras me chocaba los cinco. Yo no me gasté en explicarle que había sido con la ingle cuando me compartió su Cepita de manzana, prefiero pensar que lo hice con el pito.

[...] This post was mentioned on Twitter by ce diaz, facundinho. facundinho said: naaaaaaaaaaaaaaaaa MUY BUENA la historia de @noblezalaucha //-> http://cor.to/lQv (que lindos recuerdos de la infancia! ) [...]
Haceme acordar que te abrace cuando te vea!
Muy bueno che, me encantó! ¡Que viva el fútbol
!
jajaja yo de pegarle con esa parte de mi anatomía seguro rompía el bolo
Jajajajajajaja tremendooooo!!!! Nada que envidiarle a las finales internacionales…me mató el desenlaceeeee XD